jueves, 27 de marzo de 2008

Piquetes: el rol de los grandes medios y el papel de todo partido obrero

1- Quería hacer una breve aclaración. El texto que sigue a continuación fue escrito antes del “cacerolazo” y de las acciones de los piquetruchos de D’elía y Pérsico. El argumento que utilizó D’elía para echar de la plaza a los que protestaban con sus cacerolas fue más o menos el siguiente: esta gente quiere dar un golpe, está en contra del gobierno elegido democráticamente.

Otra vez, saca el fantasma de una derecha golpista para legitimar su accionar patotero, que ya tiene una larga historia. Pero este accionar, que dice es para combatir a esa derecha, en realidad termina siempre utilizandose contra los luchadores, contra la izquierda (por dar un ejemplo, no olvidemos las patotas, relacionadas directamente con el mismo ex presidente Kirchner, contra los trabajadores del Hospital Francés). Además, como todos más o menos saben, el argumento de D’elía bien podría aplicarse a los partidos de izquierda (a algunos, claro), pues están en contra del gobierno y no recogen los valores de la democracia burguesa. O bien podría aplicarse al Argentinazo, que volteo a un presidente electo en democracia: De la Rua. La próxima vez, entonces, no van a permitir una manifestación de la izquierda, un piquete o una huelga obrera, etc.

Es necesario, por lo tanto, oponerse a esta clase de argumentos y defender el derecho a la libre expresión y la protesta (como lo dejo en claro en el texto que sigue), al mismo tiempo que se explicita (por si quedan dudas) que para los luchadores no es posible estar ni con el gobierno, que como todos los gobiernos democráticos continuaron con las mismas políticas del último gobierno militar, ni con la Sociedad Rural y demás sectores afines, quienes ya sabemos, han participado directamente en el golpe y, lógicamente, lo volverían a hacer si tuviesen la oportunidad.

2- Más adelante escribiré algo sobre la discusión acerca de todos estos temas, que tuvo lugar el miércoles 26 en la Facultad de Filosofía y Letras (aprovechando la ausencia de una de las profesoras de Historia Social General B), en una asamblea “espontánea” promovida por el centro de estudiantes. Fue un largo debate en el que habló todo aquel que tenía algo para decir, y del cual pueden extraerse un montón de cosas interesantes.

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Piquetes: el rol de los grandes medios y el papel de todo partido obrero

En unos pocos días, los “piquetes del campo” han dejado en evidencia las contradicciones y las limitaciones en los discursos de la clase dominante con respecto a los piquetes como metodología de lucha. Basta dar una recorrida por algunos de los medios de comunicación, siempre y cuando uno tenga estomago, para ver como han tratado el tema en cuestión y para, finalmente, sacar las conclusiones necesarias.

Como era de esperar, Página/12 salió al cruce de La Nación: “El diario La Nación, que hizo un caso de los cortes protagonizados por sectores sumergidos, ayer publicó un editorial donde ni siquiera se menciona el ‘modus operandi’ elegido.” (Página 12/, 23/3).

Y si bien estaba en lo cierto, el mismo día que Mario Wainfeld escribía esas líneas La Nación sacó un desopilante artículo (quizás no tan desopilante como la foto de quien escribe ese mismo artículo) titulado “De la protesta del campo al lenguaje de los ‘fierros’” (¿?) en el que, por fin, se hace mención a los piquetes. Claro que, en esta oportunidad, esa mención es para justificar los cortes y no para acusar, por ejemplo, al Partido Obrero de promover el “foquismo violento” en los sindicatos (La Nación, 16/9/07). Tanto es así que al “orden público” ahora se le da otro contenido. No se trata ya de un problema de tránsito y de libre circulación, sino que ante la posibilidad de incidentes, desbordes y acciones de infiltrados contra los “piquetes del campo”, el autor de la nota se pregunta: “¿Podrá el Gobierno hacerse fácilmente el distraído ante un hipotético choque entre camioneros y campesinos, cuando es su responsabilidad garantizar el orden público?”. En el mismo camino nos encontramos a la Coalición Cívica, que “responsabilizó al Gobierno por los hechos ‘si no se insta en forma enérgica al titular de la CGT, a sindicalistas y a dirigentes oficialistas a terminar con la ola de amenazas que están impartiendo sobre los productores agropecuarios’” (Perfil, 23/3). Difícilmente levanten alguna vez la voz para reclamar lo mismo cuando el afectado por las patotas y los infiltrados sea la clase obrera (como lo han sido los trabajadores del Subte, del Hospital Francés, del Casino, etc.)

Asimismo, también se pregunta, siempre con un tono soberbio molesto, por qué los sectores rurales no pueden seguir el ejemplo de los “aliados” del gobierno, como Moyano y los piqueteros cooptados, y afirma que “la cultura piquetera ha llegado finalmente al campo”, algo que incluso Nestor Pitrola podía no imaginarse cuando dijo que “ya no hay auténticamente nadie, lo que se dice nadie, que no apele al piquete para meter su reivindicación” (PO 902).

Perfil, por su parte, no habla de “huelguistas salvajes”, como calificara a los delegados combativos del subte. No se puso a hacer cálculos sobre minorías o mayorías, como cuando afirmaba que “nada impide en la Argentina de 2007 que una negativa o discrepancia de un grupo social pequeño e irrelevante se convierta en medida de fuerza que afecta a estupefactas e inermes mayorías” (Perfil, 16/6/07), quizas porque ya estemos en “la Argentina de 2008”. Ni mucho menos comparó a los “piquetes del campo” con algún grupo guerrilero, como si hiciera con los estudiantes del Pellegrini.

Su argumentación, en cambio, se resume en lo siguiente: “El Gobierno, que ha estimulado y convalidado los cortes de ruta –medida claramente ilegal- cuando han respondido a sus intereses y conveniencias, se encuentra ahora bebiendo de su propia medicina y criticando la metodología de los cortes. Y, para ser ecuánimes y completar la paradoja en cuestión, hay que decir también que, muchos de los que hoy están en los cortes, supieron ser muy críticos de tales cortes” (Perfil, 23/3).

Clarín se mantiene en una línea similar a Perfil, pues señala la misma contradicción: “apelaron a la receta que tantas veces criticaron y que tanto los horrorizó de los encapuchados del clasismo, de los leales a Raúl Castells o los camioneros de Hugo Moyano” (Clarín, 23/3). Y dice, además, que “es directamente incomprensible, que el Gobierno apele a ciertos aliados para desacreditar la protesta campesina ante la opinión pública. Consigue el efecto inverso. Moyano habló de un ‘paro salvaje’ a raíz de los cortes de rutas. Los cortes y las presiones fueron siempre de las herramientas dilectas del líder sindical para encarar pleitos propios o de otros gremios (idem).

Es decir que, partiendo de una realidad no tan real (la postura –aparentemente- contradictoria en cuanto a los piquetes, tanto del gobierno y sus supuestos aliados –entre ellos, los piquetruchos-, como de los “piqueteros del campo”), llegan a una sarta de conclusiones totalmente falsas. Para Perfil, los piquetes no nacen, por ejemplo, en Cutral-Có o en Tartagal y Mosconi, no existieron jamás ni la ANT ni el Bloque Piquetero, Anibal Fernández nunca afirmó que iba a perseguir a los piqueteros con el Código Penal en la mano y este no es el gobierno con más presos políticos y sociales. Para Perfil, en realidad, hasta ahora los piquetes eran utilizados, fomentados y convalidados por el mismo gobierno, el cual estaría en una encrucijada ya que debe enfrentar su misma metodología pero utilizada por un sector “opositor”. Sector que claro, a ver si se lo acusa a Nelson Castro de imparcial, supo ser, en un “pasado”, muy “crítico” a los cortes. Qué entiende Castro por una palabra tan vacía de contenido político como “critico”, no lo dice. Así oculta, aunque vale decir no demasiado bien, su imparcialidad, o lo que es lo mismo, su parcialidad: la ilegalidad es para todo piquete, aunque realmente es ilegal cuando se trata de un piquete obrero.

Por último, y volviendo al comienzo, es Página/12 quien ha escrito las palabras más intereresantes, en especial en un artículo titulado “Construcción de los relatos” (23/3). El autor del artículo, Alfredo Zaiat, se dedica a analizar “la forma en que se construyen los relatos de los distintos acontecimientos”, para remarcar que “en algunas ocasiones la construcción de esos relatos se enfrenta con sus propias contradicciones”. Y el “lockout del campo” sería una de esas ocasiones. Zaiat cita una durísima nota de La Nación de agosto de 2005 (Piquetes, orden público y justicia), y muestra como “el desarrollo del piquete verde con cortes de decenas de rutas provinciales y nacionales no mereció ni una editorial con semejantes definiciones y descalificaciones”. Esto se debe, para Zaiat, a que “en el relato dominante existe un doble standard frente al sujeto de la protesta”, y recupera unas palabras del titular de la Sociedad Rural, Miguens, que hace menos de un año decía que “el Estado ‘debe garantizar el derecho a trabajar y ejercer toda industria lícita, a transitar libremente, a comerciar…’”. Ahora Miguens, sin embargo, “sostuvo que los piquetes son una forma de protesta que ‘está de moda’” (Página, 23/3). Según Biolcatti, el segundo de Miguens, esto no es una contradicción, pues todo se resume en el “color de piel de los que lo están haciendo”. Por lo tanto, a la ya superficial calificación de los piqueteros en “blandos” y “duros”, habría que agregarle la distinción entre “blancos” y “negros”.

Por la misma vía que Zaiat se encuentra su compañero Wainfeld: “cuando los trabajadores –ocupados o desocupados- apelan al piquete o a la huelga, proliferan como hongos los reproches a la falta de imaginación de la protesta y los cálculos a mano alzada sobre los costos económicos de la acción. Cuando obran así corporaciones más presentables, se soslayan.” (Página/12, 16/3)

Pero Wainfeld va más lejos y, como buen progresista consecuente, afirma que “preconiza la tolerancia a las medidas de acción directa y de ocupación del espacio público, modalidades inherentes a una democracia plena” (idem). Palabras que, por cierto, ya escuchamos en la boca de Zaffaroni cuando aseguró que “el derecho de protesta y de reclamo por vías no institucionales son una consecuencia necesaria de los defectos que tienen todos los estados de derecho reales. Quien sostenga que esto resulta inadmisible vive en otro planeta, o no admite el dato de que todo estado de derecho es más o menos de derecho.” (PO 1016).

Bien. Ante semejante variedad, uno está en todo su derecho de preguntarse cómo es que pueden existir tantos discursos diferentes sobre un mismo tema. La respuesta no es tan difícil. Evidentemente, los discursos pueden ser muy distintos, incluso los de la misma clase dominante, pues aunque la ideología dominante sea la de la clase dominante, la burguesía no gobierna como un todo y los intereses en pugna de los diversos sectores son muchos. Por eso, hay una historia que es relativa, y lógicamente, tiene que ver con el punto de vista y con los intereses de quien la escribe. Pero hay otra historia, como nos dice Pierre Vilar, que tiene que ver con los hechos materiales, con las regularidades, con la historia que sucede efectivamente, que en definitiva va a confirmar o a refutar los discursos.

Teniendo en cuenta esto último, en un principio puede decirse que el papel de todo partido que se llame obrero es el siguiente: con un análisis concreto de los hechos concretos, develar los intereses ocultos, las mentiras, las deformaciones de las historias escritas por quienes nos dominan, esto es, “desembarazar a la lucha presente de su falso velo ideológico, es decir, de la conciencia falsa o ilusoria” (PO 745).

Seguramente, pocos tengan dudas sobre el lugar que le corresponde a diarios como La Nación, Clarín y Perfil, pero alguno que otro podría llegar a creer que Página/12 comparte el mismo papel que, como dije más arriba, le cabe a un partido obrero. En verdad, lo que diferencia a este último de los intelectuales más progresistas, es que el progre no va más allá del análisis de los hechos consumados, siempre sin poder y sin querer ofrecer una alternativa real a eso que denominan “discurso hegemónico”, del cual, por cierto, ellos mismos son parte. Es que todo el lúcido análisis de algunos periodistas de Página/12, incluso su buen aporte a la legitimación de los movimientos de lucha, se echa a perder cuando muestran, por ejemplo, el más descarado oficialismo al afirmar siempre que las medidas del gobierno son correctas, al mismo tiempo que suponen que el fin de todo Estado es mitigar la desigualdad y que rinden culto a una democracia que, según ellos, representa o debiera representar a todos los ciudadanos y que, si anda mal, en última instancia es porque no es plena (o sea, intentan solucionar las consecuencias de la democracia… con más democracia).

Un planteo similar fue el de Zaffaroni en una charla con Pitrola acerca de la criminalización de la protesta social, meses atrás. La respuesta de Pitrola los debería dejar mudos: “el agravamiento de las desigualdades sociales, la represión y las guerras tienen lugar con la participación aditiva de de los ‘estados de derecho’, especialmente por parte de aquellos que se acercan más a la ‘perfección’ (…). La igualdad jurídica sobre la que reposa el estado de derecho tiene como base la desigualdad histórica, la explotación del hombre por el hombre.” (La criminalización de la protesta social, p.11)

Por todo esto es que “el intelectual más productivo, social y políticamente, es el que abraza una causa definida. (…) El que ha asimilado las lecciones del pasado y sabe, repitiendo una vieja y conocida frase, que el arma de la crítica sólo es real cuando se transforma en la crítica del arma; es decir, de la organización, de la consigna, de la lucha por un nuevo poder. (…) El mejor intelectual es el que se convierte en militante conciente de esta causa. Sin distancias.” (PO 745).

Si bien los progresistas pueden resultar ingeniosos a la hora de marcar las idas y venidas en lo detractores del piquete, sus propias contradicciones insalvables no les quitan el sueño. Un partido obrero, en cambio, opondrá en todo momento los intereses de la clase obrera a los intereses de la burguesía.

Para esto, en primer lugar, es necesario que deje en claro su defensa del piquete como metodología de lucha y de la protesta en general, independientemente de quienes lo lleven adelante. De lo contrario, caerá en una contradicción insalvable, pues tarde o temprano será preso de su propio discurso. Es lo que le pasó a Izquierda Unida cuando, en nombre de la democracia, se opuso al ingreso de Elena Cruz al parlamento. Altamira, en cambio, decía lo siguiente: "En este régimen político, hay que cuidarse con el estado de sitio y con las normas represivas, porque fingen ponerse en práctica contra la derecha, pero acaban atacando a los que realmente les interesa, que es a la izquierda, a los luchadores y a los revolucionarios". “(…) Se está pidiendo que vote a favor - para los que quieren impugnar - de más poderes represivos para un Estado que está organizado para defender a una minoría de explotadores en contra de una mayoría de trabajadores. Naturalmente no voy a apoyar darle mayores poderes represivos al Estado.” “(…) Si nosotros permitimos que no esté acá - no quiero con esto molestar a nadie-, la próxima vez será contra la izquierda; y será en nombre de los mismos principios: la Constitución, la Ley de Defensa de la Democracia y otros”.

Para ese discurso, Altamira se basó en la historia de los movimientos obreros, o sea, en la historia que efectivamente sucedió, pero particularmente en un ejemplo muy claro: cuando el Partido Obrero se opuso al estado de sitio declarado por Alfonsín, con los mismos argumentos citados más arriba, se le crítico que se estaba oponiendo a una medida que era para frenar a la derecha. Finalmente, el estado de sitio se aplicó, pero para detener a dirigentes del Partido Obrero.

En segundo lugar, cuando se habla de los piquetes, no puede pasarse por alto lo las enseñanzas de Trotsky en Su moral y la nuestra.

Es completamente lógico que clases diferentes utilicen, en ocasiones, los mismos métodos. Esto es así porque “el proceso histórico es, ante todo, lucha de clases y acontece que clases diferentes, en nombre de finalidades diferentes, usen medios análogos. En el fondo, no podría ser de otro modo. Los ejércitos beligerantes son siempre más o menos simétricos y si no hubiera nada de común en sus métodos de lucha, no podrían lanzarse ataques uno al otro”.

Es decir, esa utilización de los mismos métodos depende de la lucha de clases. Por esta razón, al hablar de los piquetes, la clase dominante se ha encargado de negar la lucha de clases y de separar el medio del fin. Esto le ha permitido pasar a reducir a todo el movimiento piquetero, por ejemplo, a un problema de tránsito. Pero, como ha quedado claro, su discurso se ha dado vuelta cuando el medio es el mismo pero el fin es otro. Por eso Trotsky nos dice que "los gobiernos más ‘humanos’ que, en tiempo de paz ‘odian’ la guerra, convierten, en tiempo de guerra, en deber supremo de sus ejércitos el exterminio de la mayor parte posible de la humanidad".

De esta forma es posible entender el porque del “repentino” cambio de postura. Es que "la clase dominante impone a la sociedad sus fines y acostumbra a considerar como inmorales los medios que contradicen esos fines". El piquete contradice los fines de la clase dominante, pues es el esfuerzo “por hacer prevalecer la voluntad colectiva de la clase obrera y de los explotados por sobre la de la burguesía, cuya explotación social asume la forma de ‘derechos individuales’”. (Luis Oviedo, Una historia del movimiento piquetero, p. 8). Pero esto no niega la posibilidad de que, si el piquete sirve en alguna medida a los intereses de la clase dominante o de un sector de esa clase, eventualmente tengamos a la Sociedad Rural hablando de “piquetes de moda”.Otro ejemplo, que en cierta medida se relaciona con los piquetes y que no puedo pasar por alto, es el que tiene que ver con Macri afirmando que no permitirá la ocupación del “espacio público” cuando se trata de cartoneros, para que días después Luis Palau realice un ¿festival? en el medio de la 9 de Julio, lo que llevo a un periodista de Clarín a hablar de “okupas del espacio público porteño, con permiso oficial” (Clarín, 16/3).

Vale aclarar que este cambio de postura no es un cambio que se extienda para siempre en el tiempo, pues como bien dice el ya mencionado Zaiat, si el “piquete verde” fuese contra “los eslabones concentrados y oligopólicos de la cadena agropecuaria (…) no se demoraría un editorial conservador en repudio a esos cortes” (Página/12, 23/3), aunque yo agregaría que no sería solamente un editorial conservador. Todo depende, claro, del sujeto. Todo depende de la lucha de clases…

En fin, la conclusión fundamental que surge luego de analizar las contradicciones y las limitaciones de los discursos de los medios de comunicación es simple: los trabajadores, los luchadores en general, no deben apropiarse de los discursos, de las historias de la clase dominante, sino que deben crear su propia historia, o lo que es lo mismo, su propia conciencia. La necesidad de salir a dar batalla a la ideología dominante, tome el color que tome, a esta altura, resulta más que evidente; y los “piquetes del campo” brindan una oportunidad única para hacerlo. Todo partido obrero debe colaborar en este proceso de lucha, recordando, comprendiendo, explicando y previendo, para actuar en consecuencia. Puede estar seguro de que tiene a la historia de su lado.

Matías Rivas, lunes 24 de marzo de 2008

1 comentario:

Fede dijo...
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